
Relámpago
(Cuento)
El ruido taladra mis oídos, mil estrellas prenden y apagan, la cabeza me estalla. Mis pies descalzos caminan despaciosamente sobre el musgo, tiemblo de frio, la orilla del pantano es viscosa, resbalo , trato de asirme de las ramas que penden desde lo alto de las copas de los arboles, como ensortijados cabellos de un engendro verde, logro tomarme de una de ellas para mantenerme en pie, tomo un envión y salto en la negrura de las sombras, quedo allí, muy quieta apoyada junto a la hiedra que cubre las paredes de la entrada, espiando un rayo cristalino de la blanca luna que se filtra por el espeso follaje.
Estoy perdida en la noche entre montañas y lagunas, veo la oblea negra donde se recorta la boca de la cueva, entro a ella, desde lo profundo un par de ojos me observan, el miedo hace presa de mí, me deslizo despacio hacia el otro extremo del recinto y el mamífero alado pasa chillando junto a mí. Mi dedo del pie tropieza con el pedregullo de años amontonado en el suelo. Mi cuerpo cae como un saco de piedras sobre la maraña de miseria, una presencia desprende calor allí cerca, el frio me empuja hacia allí, ruedo sorteando el pedregullo, una suave piel me acaricia, traspasa mis miembros entumecidos, me aquieto, siento su aliento en mi piel ¿a que huele? ¿A bosque, a tierra mojada, a romero? .Buceo en la oscuridad, carbones sus ojos, brillan con el destello de un relámpago, por momentos el lugar se ilumina cuelgan del techo un ramaje de lianas, más largas, más cortas, tomo una de ellas y logro mantenerme en pie, sigo tanteando en la oscuridad tratando de escapar de esos ojos fulgurantes y de ese calor que sentí hace un momento, el me toma del tobillo , trato de zafar y lo logro, pongo distancia entre él y yo, entonces oigo el estruendo de su risa grave acompasada seguida del eco que produce la desierta nave, me alejo sorteando obstáculos por la superficie laberíntica del lugar, un sonido de aguas cayendo desde alguna grieta me atrapa, corro tratando de llegar allí, casi estoy, cuando un haz de luz se filtra desde lo alto, lo que veo me paraliza, estoy parada en el centro de lo que parece un altar, hay muchos hombres, teas encendidas, imágenes aladas, hombres ataviados con vestiduras y rasgos diferentes. Estoy asombrada mis ojos se acostumbran a la semipenumbra, veo el templo en su máximo esplendor, es una estructura esférica con infinidad de paredes peñascosas en el contorno, un panóptico magnifico desértico, donde me doy cuenta que el centro representa el poder, figuras desconocidas comienzan a erguirse amenazantes, con sus túnicas sepias descoloridas por el tiempo y huellas de lo resplandeciente de otra época se acercan a mí, me tiran de los brazos, toman mis cabellos largos dorados mojados casi pegados a mi piel, descubren la palidez fría de mi cara, fijan sus ojos en el azul de mi mirada, soy arrojada sobre una tarima o altar cubierto por una vieja manta con hilos de oro, deshilachada con olor a humedad. De una caldera encendida comienzo a sentir su tibieza tenue, ellos se acercan de a uno, tratan de hablarme en distintos dialectos irreconocibles a mis oídos, que suenan a vidrios rotos, hablan entre sí, me observan, rasgan mis prendas, tiemblo, sus manos las siento como el rose de mil puñales afilados rasgando mi piel, acercan una vela para verme mejor, uno de ellos grita ¡hembra! Todos quieren estar allí mirándome y luego menean sus cabezas y uno a uno se alejan de mí. Vuelven a situarse agazapados contra las paredes hasta que se vuelven informes una piedra más del esférico habitáculo, todo vuelve a ser silencio, las velas se consumen y las brasas se visten con el ropaje de las cenizas. Espero en la penumbra hasta que el silencio hiere mis oídos y desciendo lentamente para no despertar a ese silencio dormido. Camino sigilosa a los tropiezos buscando la salida, tomándome de las hiedras algunas resecas que se cortan al recibir mi peso, caigo de rodillas siento que estas sangran y quedo allí hecha un ovillo deshilvanando lo ocurrido, un aroma a verdor a cuerpo caliente rosa mis mejillas y me siento transportada hacia la entrada de la cueva. El está allí con sus fuertes brazos rodeando mi cuerpo húmedo aterido de miedo y de frio, me tiende sobre paja seca en el suelo, se quita su abrigo de pieles, me cubre con él y acerca a mis labios un cuenco de un liquido espeso, que sabe a melisa, romero, cedrón que tiene el poder de estabilizarme, aunque todavía tiemblo, se tiende a mi lado para darme calor hasta que me adormezco. Cuando me despierto está entrando por la abertura los colores y sonidos del alba. Ya no tengo miedo, el toma mis manos y me incita a incorporarme. Oigo su vos por vez primera, ---Soy Cadiun, el herborista, siempre me veras por esta zona, recojo hiervas en la montaña, afuera esta la mula cargada de lo recogido ayer. Lo miro mi voz se niega a brotar de mi garganta, ensayo gestos hasta que logro articular palabras, pregunto--- ¿Quienes? mientras mis ojos señalan el fondo oscuro de la bóveda. El ríe suave, --- ¿los has visto? Pregunta--- Si ya veo que es así, te contare : Al entrar aquí y no aceptar mi presencia, que significa nuestro mundo, has avanzado hacia lo desconocido, te darás cuenta que has entrado en otra dimensión, donde un grupo de seres de distintas épocas se han ido reuniendo esperando al ,Elegido, al Mesías, el Salvador o como quieras llamarle y que ellos esperan en bien de la humanidad, seguramente te han confundido, ellos esperan a un hombre al hijo del supremo, cuando se han dado cuenta que no lo eras te dejaron partir. Yo los llamo los hombres de piedra, porque como veras están allí, y solo despiertan ante la esperanza, su fe los obliga a seguir esperando¸ entonces se mantienen en otra dimensión por siglos, ya son parte de la montaña.
Ven, salgamos de aquí. Un airecillo cálido acaricia mi cuerpo, siento el placer de estar viva, me deleito ante el albor de un día que nace, pateo guijarros en el sendero que bordea el rio, cruzamos un puente de maderas gastadas deteriorado por el tiempo y el abandono, cruje bajo mis pies, al llegar a tierra firme veo distintos caminos zigzagueantes que se pierde en la espesura de los bosques de frondosos árboles. Miro hacia atrás, Cadiun el señor de las hierbas ya no está detrás mío, he perdido la noción del tiempo, no recuerdo el momento en que empezamos a cruzar el rio, debe estar por allí, buceo en la distancia donde los escalones del viejo puente se pierden en la distancia hasta ser un punto inexacto ante mis ojos. Mis pies abordan tierra firme, caigo como si estuviera sobre una nube de algodón, ya no veo los caminos, ni el bosque cercano, aterrizo en lo que parece un liso mármol, me duele la cabeza, las rodillas que sangran, abro despacio mis ojos y allí está la vieja escalera caracol de nuestra casa por la que he caído seguramente, ya corren hacia mi mis hermanos, todo está bien. He vuelto a casa.
de verdad que me transporte con ella, grandioso cuento esta muy bien logrado.
ResponderEliminarLad. Valkiria